Opinión

Un nuevo y desafiante ciclo económico y político en Brasil

PULSO 13/05/2016

Michel Temer no solo debe recuperar la confianza de los inversionistas, sino también enaltecer la propia institución presidencial en Brasil.

Tras casi 20 horas de votación -que ponían fin a seis meses de incertidumbre-, el Senado de Brasil resolvió en la madrugada de ayer iniciar un histórico juicio político contra la Presidenta Dilma Rousseff. Con esto se inicia una investigación que busca dilucidar la culpabilidad o no de Rousseff en el “maquillaje” de cuentas fiscales que habría derivado en un déficit ficticio que, a la larga, comprometió la estabilidad financiera del país. Este juicio, que en principio nada tiene que ver con el escándalo de corrupción de Petrobras, ha provocado un alto nivel de incertidumbre económica y parálisis política, derivando en la mayor recesión del país en décadas.

Por lo mismo, los analistas coinciden en que la salida de Rousseff podría lograr que el clima de inversiones de Brasil se vuelva más predecible y atractivo, por lo menos en el corto plazo.

Con la caída de Rousseff se pone término a 13 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores, que finaliza con la mayor recesión económica del último siglo, pese a que también anotó importantes avances en materia de empleo y PIB per cápita (US$9.615 en 2002 a US$15.615 el año pasado).

Pero en la recuperación de Brasil sigue pesando la sombra del vicepresidente y nuevo jefe del Gobierno, Michel Temer, respecto de su real capacidad para encarrilar a Brasil hacia el crecimiento y el desarrollo. La desconfianza del pueblo brasileño hacia Temer -un antiguo aliado de Rousseff- se sustenta en gran parte en el exceso de protagonismo que ha tenido en la caída de la ahora suspendida Presidenta, sino también porque el partido que preside desde 2001, el PMDB, está tan afectado como el Partido de los Trabajadores en las investigaciones sobre el escándalo en Petrobras, y por las sospechas de corrupción que recaen sobre el propio político.

Según una encuesta publicada por el diario O Globo, su nombre apareció por lo menos en cuatro veces en las investigaciones desde el inicio de la Operación Lava Jato, en marzo de 2014. De hecho, dos delatores en el proceso, el senador Delcídio do Amaral y el empresario Julio Camargo, citan el nombre de Temer como “padrino” de los directores que operaban esquemas de sobornos en Petrobras. Pese a estas sospechas, Temer ha aprovechado la oportunidad de posicionarse como el sucesor de Dilma Rousseff y el autodenominado corrector de los errores y la corrupción de la clase política en Brasil.

Con todo, el desafío que tiene por delante la principal economía de la región es mayúsculo. Temer y su gabinete, encabezado en Hacienda por el ex presidente del Banco Central Henrique Meirelles, deberán no solo recobrar la confianza de la clase política y del pueblo brasileño, también tendrán que impulsar las reformas necesarias para sacar al país de la crítica situación que hoy enfrenta.

Para adelante, no solo queda esperar que su gestión esté marcada por claras y concretas señales de probidad, sino también por un liderazgo firme y un claro enaltecimiento de la figura presidencial, dos aspectos de los cuales el país hace adolece.