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Opinión

¿Un buen ejemplo francés?

PULSO 13/05/2016

Por Javier Pinto. Debemos preguntarnos por qué la ministra no llama a todos los sectores vinculados al mundo del trabajo al debate.

Es particularmente interesante que tanto Chile como Francia viven hoy una discusión relevante en materia laboral. Para muchos, la política francesa de los últimos años ha sido un ejemplo de lo que no se debe hacer cuando la prioridad es el dinamismo de la economía. No es difícil encontrar analistas que, especialmente desde el mundo anglosajón, señalan la rigidez del sistema laboral francés como una de las causas de la poca competitividad que caracteriza al país galo, en especial en comparación con el dinamismo asiático.

La nueva reforma laboral de Hollande parece haber comprendido este problema. Sin embargo, la iniciativa no ha estado exenta de problemas. La propuesta del Gobierno francés ha suscitado el rechazo de los poderosos sindicatos franceses y las asociaciones de estudiantes, a pesar de que el objetivo de tal cambio al código del trabajo francés es lograr el repunte de la industria y superar el estado de crisis laboral de su país: un desempleo creciente, con algo más de un 10% de desocupación, y el doble en la tasa de desempleo de la población más joven. Es claro que Francia se está jugando ahora el futuro de su industria.

Ahora bien, en todo esto llama la atención que uno de los derechos que el mismo Hollande ha impulsado es el de desconectarse. Esto se refiere a la necesidad que tienen millones de profesionales franceses de no verse obligados a responder correos electrónicos del trabajo fuera del horario laboral. Esta política, promovida por la ministra del Trabajo, Myriam El Khomri, parece ser una idea original del gerente de recursos humanos de la empresa de telecomunicaciones Orange. Esta original política permitiría mejorar la calidad de vida fuera del trabajo y evitar el creciente burnout, que es ya en muchos países desarrollados una emergencia de salud pública.

En Chile, en cambio, más que una reforma laboral, que incluya políticas para todos los trabajadores, técnicos y profesionales, se ha promovido una reforma sindical. De modo totalmente inverso al proceso constituyente, esta reforma ha querido promover el beneficio de una clase dirigencial que representa a un porcentaje mínimo de trabajadores chilenos.

La ministra del Trabajo, aunque defiende esta reforma como un proceso de modernización, está lejos de comprender qué problemas laborales tiene la empresa moderna y, a diferencia de El Khomri, no se ve que en esta iniciativa hayan participado, entre otros, los más importantes gerentes de recursos humanos del país (muchas veces actores relevantes en la mejora de las condiciones de trabajo en Chile). Así, con todo, debemos preguntarnos por qué la ministra no llama a todos los sectores vinculados al mundo del trabajo para realmente modernizar las relaciones laborales. El caso del Gobierno socialista francés puede ser un buen ejemplo de participación ahora que la reforma debe volver a discutirse.

El autor es profesor de ética empresarial Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales Universidad de los Andes.