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Opinión

Sin consenso

PULSO 01/02/2016

Por Joaquín Castillo Vial. Sin liderazgos o instancias de debate que logren aunar voluntades o proyectos comunes, es difícil abandonar la lógica binaria.

Las discusiones políticas propuestas por el segundo Gobierno de Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría han apelado a los fundamentos de nuestro orden social. Sus reformas no intentan mejorar elementos accesorios de nuestras instituciones, sino que -siguiendo los postulados de Fernando Atria y otros académicos- han querido plantear una sociedad donde no sean las leyes del mercado las que gobiernen las relaciones entre los ciudadanos.

Por el contrario, se persigue el ideal de una comunidad virtuosa donde se garanticen los derechos sociales en diversos ámbitos. Sin embargo, el método de tabula rasa donde todo se cuestiona ha generado una oposición que nos tiene paralizados (qué mejor argumento que ni siquiera la misma coalición gobernante pueda converger en torno a un proyecto común). Por ende, se hace urgente volver sobre ciertos consensos mínimos en torno a los cuales repensar nuestra actual situación.

Una lectura interesante respecto del problema de los consensos es la expuesta por el historiador Gonzalo Vial en el primer capítulo de su “Historia de Chile (1891-1973)”, “La ruptura del consenso doctrinario”. El connotado intelectual, al preguntarse por qué colapsó la democracia chilena en 1973, no se contenta con una explicación monocausal o de corto alcance. Los motivos más profundos, según él, no estarían solamente en la polarización del debate a causa de la Guerra Fría, o de la ideología marxista que tensó ciertas cuerdas de la sociedad. Antes bien, dicha división se fundamentaría en que las discusiones propias de los años ‘60 y ‘70 se dieron al interior de una colectividad que, desde antes, carecía de acuerdo respecto de sus fundamentos.

Según Vial, el enfrentamiento entre conservadores y liberales a propósito de las leyes religiosas y la participación de la Iglesia -pugna que no se resolvió a favor de ningún bando debido a la fuerza de ambos- trizó, a fines del siglo XIX, la otrora unidad en torno a la cosmovisión católica compartida por la mayor parte de los actores sociales. Con el paso del tiempo, dicha trizadura se convirtió en un abismo cada vez mayor. El problema fue que, al no haber un vencedor, no hubo una cosmovisión que reemplazara el modelo ya puesto en duda: la precaria ilustración española o el positivismo científico fueron incapaces de concitar apoyos en torno a un proyecto unitario. Por ende, a partir de allí se arrastraría una fractura a lo largo de las generaciones. La débil democracia chilena, la aparición de nuevos grupos sociales y políticos, la creciente cuestión social y la introducción de la sociedad chilena a la modernidad fueron elementos que convirtieron un problema puntual de dos grupos en una ausencia radical de cohesión social.

La hipótesis de Vial confluye en varios puntos con aquella que hace Arturo Valenzuela en “El quiebre de la democracia en Chile”. Para Valenzuela, los problemas más graves habrían comenzado cuando la Democracia Cristiana sustituyera al Partido Radical en el centro político. Sin embargo, en dicho reemplazo la DC habría jugado como un “centro excéntrico”, por su visión ideológica -y no pragmática- de la política contingente: al no querer mediar entre izquierda y derecha ni utilizar el centro como la médula espinal de los acuerdos, y al querer proponer un proyecto político total, los resortes del sistema ya no habrían aguantado los embates.

Aunque con distintos énfasis en cada caso, Valenzuela y Vial comparten una preocupación al ver la historia del siglo XX chileno: la falta de consensos básicos en un punto particular terminó rompiendo, muchas décadas más tarde, el sistema democrático. Surgen de ello numerosas preguntas: ¿cumple hoy algún partido un papel mediador entre las distintas propuestas que quieren interpretar la sociedad? ¿Existe algún cauce institucional que permita enfrentar las diferencias o estas solo logran expresarse cuando desbordan las instituciones?

No cabe duda que hoy los consensos se venden a la baja. La retroexcavadora pareciera ser el ícono de la Nueva Mayoría, que incluso encuentra serias dificultades para alcanzar acuerdos internos. Y, en la vereda del frente, Chile Vamos tiende a definirse desde la más pura oposición al actual Gobierno, con unos pocos que intentan darle un relato más propositivo y de largo plazo. Así como vamos, sin liderazgos o instancias de discusión que logren aunar voluntades o proponer proyectos comunes, es difícil que la política se comprenda más allá de las lógicas binarias.

Aunque hoy estamos lejos del Chile de los años ‘70, es posible advertir una preocupación por los discursos políticos excluyentes. Se hace relevante, por tanto, la crítica que se ha deslizado a ciertos grupos de la Nueva Mayoría (especialmente al PPD y al PC), de que tendrían dificultades para aceptar la pluralidad, característica propia de una sociedad compleja. Si aquel diagnóstico es cierto, será importante que los liderazgos políticos que quieran vislumbrar una salida a la actual crisis propongan una reflexión más honesta y profunda en torno a la prioridad de nuestras tareas pendientes y, a partir de allí, se establezca un nuevo marco intelectual para el debate político. En él, por medio de un lenguaje y unas pocas ideas compartidas, será posible buscar el consenso que tanta falta hace en nuestra discusión actual. 

*El autor es subdirector Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) – (jcastillo@ieschile.cl – @jcastillovial).

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