FRANCISCO-JAVIER-GARRIDO

Opinión

Privilegios y excepciones

PULSO 13/06/2017

Por Francisco Javier Garrido. Para prosperar, primero debemos asegurar el acceso a las ideas de los más grandes pensadores, para luego aplicar soluciones.

Hace algunos días hizo su ingreso a nuestra Real Academia el Premio Nobel de Economía doctor Edmund Phelps (ahora “excelentísimo señor doctor”, para ser exactos con la categoría de la que se nos inviste en la Real Academia). Algunas de sus ideas resonaron en mi mente durante una reciente reunión con amigos chilenos: “Para prosperar a lo grande, debemos leer a los grandes”.

Fue en el marco de esta conversación de puesta al día, en que comentaba mis andanzas y angustias por comprar la mayor cantidad de libros posibles en las bien nutridas tiendas de Boston, cuando la pareja de uno de ellos me respondió con frontal delicadeza: “¿Acaso eres de los privilegiados que puede salir con un libro en las manos?” (al pasar por una librería).

En efecto, sus bienvenidas palabras me han hecho reflexionar tanto en los privilegios como en las excepciones que nos desafían en las cuestiones cotidianas y que a su vez ponen puntos suspensivos a las bien intencionadas palabras del doctor Phelps, pues ¿cómo hacemos para “prosperar a lo grande”, si leer a los grandes es un privilegio?

Desconozco cuándo fue que la compra de un buen libro entró en la categoría de privilegio y sus compradores fueron privilegiados. Tampoco sé si es condición suficiente el acceso a tales lecturas para engrandecernos… Vamos paso a paso.

El excelentísimo doctor Phelps (83 años, catedrático de Política Económica en Columbia University) declaró a La Vanguardia estas ideas que indexan la prosperidad de las naciones a la lectura (y comprensión, suponemos) de las grandes ideas y autores, declarándose un firme creyente de lo que él llama “la vida buena”, o lo que sería el fruto del humanismo renacentista, la Ilustración y fundamentalmente el crecimiento personal.

El autor defiende que la ciencia económica nos aproxima al fenómeno de la prosperidad de las sociedades donde, en sus palabras, “todo dirigismo económico y toda planificación centralizada de los empeños humanos desembocará ¡siempre! en el fracaso” (una buena dosis de estas ideas les vendría bien a algunos gobernantes de este lado del globo).

En efecto, el autor nos insta a observar, a no perder de vista que las personas necesitamos amplios espacios para “intentar cosas, equivocarnos, arriesgar, innovar, producir algo distinto”, es decir, los espacios necesarios para imaginar y crear soluciones propias y diferentes a las del pasado, para resolver los problemas del futuro y de tal modo imaginar y crear la tan mentada “prosperidad” que las oportunidades del conocimiento nos permiten.

Por cierto que para el estímulo de las grandes ideas que engendran y despiertan grandes ideas en nosotros, se requiere la materialización de aquello a lo que el autor nos conmina: acceso a la lectura y comprensión de los fenómenos complejos y trascendentes del mundo (para luego aplicar soluciones, podríamos agregar).

Si seguimos su línea argumental diremos que para prosperar, primero debemos asegurar el acceso a las grandes ideas de los grandes pensadores y, por tanto, el comprar un buen libro no debería conducirnos hacia un estado de privilegio. Quizá algunos podrían prescindir o reemplazar algunas compras superfluas e intrascendentes por la compra de lecturas de calidad, idea que en parte puede ser cierta, pero que en parte oculta el hecho de que estos “productos” o “tecnología” lectora no deberían competir contra el balance de las cuentas familiares de ningún segmento social (no todo es gratuito y está disponible en internet).

En seguida, si superamos el problema del acceso, aparece el problema de la lectura. Claro, es que ahora hay que instalar un espacio de tiempo y de cierta dedicación a la lectura, siendo suficientemente sistemáticos como para incluso establecer en nuestras vidas un modo especial y repetitivo de conducirnos, que en su sentido positivo nos mejore a nosotros y a nuestros cercanos: el hábito.

En última instancia, si logramos establecer en nuestras vidas el buen hábito de una lectura habitual, ya sea de los grandes autores y de las grandes ideas (como propone el doctor Phelps) o ya sea de quienes colaboran en forma parcial al panorama intelectual de la humanidad, enfrentaremos el último y gran escollo para la población adulta laboralmente activa en Chile: una comprensión lectora, escritura y uso de TIC significativamente inferior al promedio OCDE (según datos del Survey of Adults Skills OCDE 2016).

No nos confundamos: entrar al club los privilegiados que pueden acceder a un buen libro no nos asegura un sitial entre los excepcionales que además de tener el libro entre sus manos (en papel o digital), llegan a comprenderlo.

*El autor es fellow de la Royal European Academy of Doctors y fundador del Harvard Business School Corporate Level Strategy Group.