ALVARO-IRIARTE

Opinión

Otra mala reforma, otro retroceso

PULSO 18/04/2017

Por Álvaro Iriarte. Se implementa un nuevo esquema: se aumenta el poder de los sindicatos incluso en desmedro de la libertad de trabajo, a la vez que se incentiva el conflicto como método de negociación.

El 1 de abril comenzó a regir la Reforma Laboral, que, en palabras de sus promotores, “establece un nuevo esquema de relaciones laborales entre empresas y sus trabajadores”. Se trata de otra mala reforma, cuyo impacto pronto comenzaremos a apreciar en la economía y desarrollo del país.

Efectivamente se implementa un nuevo esquema: se aumenta el poder de los sindicatos incluso en desmedro de la libertad de trabajo, a la vez que se incentiva el conflicto como método de negociación. Al final, mientras la teoría económica habla de colaboración entre el empresario y los trabajadores, el espíritu de la reforma tiene por premisa un verdadero antagonismo, donde el bien de uno implica necesariamente daño para el otro. La mejor muestra de esta inspiración es la eliminación del reemplazo en huelga: se ha despojado al empresario, emprendedor o inversionista de la posibilidad de administrar su negocio, en una abierta preponderancia del derecho a huelga por sobre la propiedad y la libertad de empresa.

Como si esto no fuera de por sí complejo, varios aspectos de la reforma quedaron al arbitrio de la Dirección del Trabajo, y en algunos casos, terminarán siendo los tribunales de justicia los que fijen el alcance de temas tan relevantes como los llamados “grupos negociadores” o los “servicios mínimos”. Estas incertidumbres atentan contra el fin supuestamente buscado, esto es, negociaciones colectivas equilibradas y eficientes. La falta de seguridad jurídica aumentará la conflictividad entre las partes. Asimismo, la gran cantidad de flancos abiertos contribuye a generar incertidumbre en el ya deteriorado mercado laboral, lo que terminará por traducirse en menos inversión y menos contratación.

En la Reforma Laboral, al igual que en las otras reformas emblemáticas del actual Gobierno, el problema grave es el muy equivocado diseño y orientación, en el que prima la ideología estatista por sobre la valoración de la libertad y la experiencia en materia económica, que demuestra la superioridad de ese valor en generar progreso y justicia. Todas y cada una de las reformas se inspiran más bien en consignas, más o menos obsoletas, pero consignas al final de cuentas. Es por esta razón que cada vez que economistas serios advirtieron de los potenciales efectos, fueron increpados como alarmistas, y los argumentos de los partidarios de las reformas responden a una lógica de trinchera ideológica. A medida que avanza el tiempo, y ante un nuevo recorte en las proyecciones de crecimiento de Chile, las malas cifras de inversión, el desempleo y la gente que deja la fuerza laboral, parece que la realidad es muy distinta al escenario prometido por el Gobierno y sus partidarios.

La tecnología cambia rápida, radical y constantemente, afectando tanto la forma de trabajar y aumentando fuertemente las expectativas de vida. Chile debe reemplazar el sistema de indemnizaciones, fortaleciendo el sistema de cuentas individuales de cesantía. Otro tema pendiente: hay que promover el trabajo flexible, por hora, desde el hogar; pensando en el empleo de las mujeres, los jóvenes y los mayores que quieren extender su vida laboral. La gran reforma laboral de esta administración no aborda ninguno de estos temas, y termina siendo una ley a la medida de grupos de presión.

En la campaña 2013, Michelle Bachelet prometió “Más y mejores empleos”. El legado a 2016: 120.000 empleos destruidos y una mala reforma sindical.

*El autor es director de investigación Instituto Res Publica (@AIriarteIRP).