Opinión

Nabila y Jane

PULSO 20/07/2017

Por Francisca Jünemann. Una ley que establezca que ciertos hechos objetivos sean por sí mismos prueba de la intención de matar, sería una herramienta útil.

Al escribir esta columna estoy pasando una semana de vacaciones de invierno con mis niños en Colico, un lago maravilloso en la Región de la Araucanía. En este momento los cerros del lago -con sus bosques valdivianos intactos al haber sido uno de los últimos lagos en descubrirse, librándose de las garras de los depredadores de nuestros árboles nativos- están nevados, con el agua a sus pies. No puedo sino asombrarme una y otra vez con este paisaje, por más veces que lo mire.

En estos momentos hay dos mujeres, de distintas épocas y países, que están presentes en mi mente. Una es Jane Eyre, ese entrañable personaje del siglo XIX de la novela de Charlotte Brontë. Una mujer que en su época trata de mantener la independencia económica, sin menospreciar un trabajo como profesora en una humilde escuela rural, aun cuando antes había accedido a un empleo de nivel considerado superior para esa época como institutriz en una casa aristocrática. Para ella, tener un lugar y una posibilidad de sostenerse a sí misma son suficientes motivos de agradecimiento. Leyendo este libro se comprende por qué los clásicos son clásicos: porque además de estar magistralmente escritos, penetran el alma humana siendo capaces de transmitir su esencia con sus debilidades y grandezas y ese anhelo de trascendencia que está -en algunos más, en otros menos- en todos latente.

Jane Eyre no está dispuesta -y eso es lo sorprendente en el siglo en el cual fue escrito- a transar su dignidad ni su independencia por regalías -joyas, vestidos, mansiones…- ni aun cuando sean de parte del hombre a quien tanto quiere. Descarta ser otra más como tantas mujeres de su época que anhelan “casarse bien”. Eso hace que Mr. Rochester -un aristócrata difícil de carácter pero noble en su esencia- se enamore de ese espíritu: por su clara identidad, por su consecuencia. El amor que hay entre ellos es tan auténtico que -y aquí quien no ha leído aún el libro que no continúe leyendo esta columna- finalmente los dos se reencuentran, pero no en un ambiente bucólico, sino con un Mr. Rochester ciego, por haber tratado de salvar de un incendio a sus trabajadores y con su mansión en ruinas por las llamas. Belleza absoluta este final.

Y mientras leo esta obra sublime de la Inglaterra del siglo XIX, en Chile en pleno siglo XXI una mujer también está ciega, pero no por un acto heroico, sino por el bárbaro acto de haber sido sus ojos mutilados por su pareja; intensificada esta desgracia por la sentencia de la Corte Suprema que rebajó la pena a Mauricio Ortega al considerar que la intención de matar no estaba probada, a pesar de haberla dejado agonizante. Y mientras Jane Eyre tiene todas las herramientas para trabajar, enseñar y así ayudar, Nabila Rifo queda imposibilitada no sólo de volver a mirar el paisaje que ahora yo miro; de ver a su familia, a la nieve y al sol, sino de poder trabajar con todas sus competencias, quedando de por vida en situación de discapacidad.

Me pregunto, si dejar a una persona al borde de la muerte no es prueba suficiente de la intención de matar, entonces qué lo es. Y consciente de que las sentencias de la Corte Suprema son jurisprudencia, y por lo mismo fuente del derecho, me inquieto ante la posibilidad de que ello sea un nefasto precedente que llevará a que los femicidios tengan que ser consumados para que se castiguen como tales en nuestro país.

Mientras reflexiono sobre estas consecuencias en este aislado lugar de este remoto país, nos contacta la BBC de Londres para conocer la opinión de la Fundación ChileMujeres sobre el caso de Nabila Rifo y la sentencia de la Corte Suprema. Desde Londres a Colico…, desde la Inglaterra de Jane al Chile de Nabila… ¡Gracias tecnología! La periodista inglesa y su país están consternados ante el horroroso caso y tomo conciencia de cómo la preocupación ha trascendido las fronteras y cómo Chile queda expuesto por haber desperdiciado la posibilidad de haber dictado una sentencia ejemplar y dar una señal clara de que Chile no tolerará más la violencia contra la mujer. Al parecer, los 96 femicidios y 127 mil delitos de violencia intrafamiliar del año 2016 no han sido suficientes.

Una nueva ley, que establezca que ciertos hechos objetivos sean por sí mismos prueba suficiente que acredite la intención de matar -como medida para cautelar la integridad de la mujer-, sería una herramienta para resolver el dilema probatorio del que hemos sido testigos estos días; y poder así castigar debidamente a quien, prevaliéndose de la intimidad, ejerce superioridad física sobre otro y mutila no sólo parte de su cuerpo, sino su posibilidad de independencia, de tener una vida plena; en definitiva: a quien mutila vidas.

*La autora es abogada y cofundadora Fundación ChileMujeres (www.chilemujeres.cl)