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Opinión

Luz, cámara, recesión

PULSO 20/01/2016

Por Juan Ignacio Eyzaguirre. El aceite de la economía global es el crédito. Y su componente activo, la confianza.

Acabo de cortar la videoconferencia con mi señora a través de mi iPhone mientras camino a miles de kilómetros de distancia. No deja de sorprenderme como el desarrollo revolucionó al mundo y como rara vez reconocemos uno de sus avances más relevantes: el mercado financiero global.

Resulta casi absurdo pensar que los ahorros de una señora en Pomaire financian proyectos inmobiliarios en India, autopistas en México e investigaciones biomédicas de última generación en Estados Unidos. Su complejidad es mayor a la física del iPhone, porque los mercados financieros lidian con la volubilidad humana en lugar de las imperturbables leyes de la naturaleza.

Tal como el universo se ordena minimizando la energía potencial de sus elementos -lo que da origen a sistemas solares, órbitas planetarias, estructuras moleculares y atómicas- el mercado financiero ordena el capital, los recursos que reservamos para el futuro, hacia las inversiones que mejor balancean riesgo y retorno. Inversiones eficientes sustentan el motor del desarrollo. De lo contrario dilapidaríamos todos los recursos que guardamos para un mejor porvenir.

El aceite de la economía global es el crédito. Y su componente activo, la confianza. Un recurso oneroso que rápidamente se evapora. En el mercado de capitales se transan expectativas cuyos precios se forman de acuerdo a la percepción de y el apetito por riesgo. Por ello, la transparencia y el acceso a información son imprescindibles.

Las primeras semanas del año han sido muy volátiles en el mercado de capitales. Turbulencias chinas han contagiado las bolsas mundiales. Mientras para algunos no son más que burbujas ocasionadas por torpezas regulatorias, otros huelen problemas.

La grave falta de transparencia china alimenta estos temores, que pueden terminar afectando la economía real mediante la contracción del crédito, que aprieta la liquidez de las compañías, paraliza transacciones, deprime la producción, eleva el desempleo y empuja la economía a una recesión auto cumplida.

Sin duda, China debe ponerse al día con los estándares globales, pero en el intertanto la prudencia es buena consejera. No es bueno dejarse llevar por analistas alarmistas como Xavier Sala-i-Martin, quien, en base a indicadores como las luces que se encienden cada noche, afirmó que China casi no crece. Analistas como él, tentados por las cámaras y la figuración en prensa, prueban suerte con catastróficos diagnósticos que paradójicamente podrían cumplirse si todos entrásemos en pánico por sus palabras.

*El autor es ingeniero civil PUC y MBA-MPA Harvard – (@jieyzaguirre).

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