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Opinión

Los riesgos del ahorro de Estados Unidos

PULSO 25/05/2016

Por Stephen S. Roach. La manera más prudente entre China y EEUU de abordar el asunto sería llegar a un punto medio entre ahorro y gasto.

Invariablemente, los políticos estadounidenses culpan al comercio de ser enemigo de la clase media y de generar la mayor presión sobre el empleo y los salarios. La campaña presidencial no es la excepción: tanto republicanos como demócratas apuntan a China y al Acuerdo Transpacífico (TPP), llamándolos el azote de los atribulados trabajadores estadounidenses. Si bien puede que sea una explicación conveniente en términos políticos, la verdad es muy diferente.

Como argumenté hace poco, EEUU se ha cavado su propia tumba en lo referente al comercio. El culpable es el gran déficit del ahorro: por décadas, el país ha vivido por encima de sus posibilidades, recurriendo indiscriminadamente a un superávit de ahorro de otros países para financiar el mayor desenfreno de consumo de la historia. Por supuesto, los políticos no quieren culpar a los votantes por su despilfarro: es mucho más fácil dirigir a otros el dedo acusador.

La crítica en torno al ahorro merece un análisis más profundo. Los datos indican que los países con déficits de ahorro tienden a tener déficits comerciales, mientras que lo contrario ocurre con los que poseen superávits. EEUU es el ejemplo más evidente: muestra una tasa de ahorro nacional neta de un 2,6% a fines de 2015 (menos de la mitad del promedio de 6,3% de las últimas tres décadas del siglo XX) y déficits comerciales con 101 naciones.

El patrón se confirma en otros países. Reino Unido, Canadá, Finlandia, Grecia y Portugal (todos con grandes déficits comerciales) ahorran mucho menos que otros países desarrollados. A la inversa, países con alto ahorro, como Alemania, Japón, Holanda, Noruega, Dinamarca, Corea del Sur, Suecia y Suiza, tienen superávits comerciales.

Los desequilibrios en el ahorro también pueden llevar a flujos de capital internacionales desestabilizadores, burbujas de activos y crisis financieras. Ese fue el caso antes de la crisis financiera de 2008-2009, cuando los desequilibrios de ahorros globales, según lo medido por las disparidades entre países con déficits y superávits de cuenta corriente, alcanzaron un récord de los tiempos modernos. Las burbujas de activos y crédito avivadas por esos desequilibrios llevaron al mundo al borde de un abismo que no se había visto desde la década de 1930.

En esto también hay mucho intercambio de acusaciones. Los países deficitarios tienden a responsabilizar al “exceso de ahorro”, ávido de rendimientos, que plaga los mercados financieros globales. Como lo expresara Ben Bernanke, ex presidente de la Reserva Federal, si solo países como China hubieran gastado más, no se hubieran originado las burbujas que casi causaron la bancarrota de EEUU. Otros se han apresurado a señalar que el supuesto milagro económico estadounidense probablemente no hubiera ocurrido sin el capital de los países con superávits.

La manera más prudente de abordar el asunto sería llegar a un punto medio entre ahorro y gasto, lo que es particularmente importante para EEUU y China, que en conjunto representan una parte desproporcionada de las disparidades del ahorro mundial. En pocas palabras, EEUU tiene que ahorrar más y gastar menos y China debe ahorrar menos y gastar más. Para lograrlo, ambos países tendrán que superar mentalidades muy arraigadas.

En este frente, China ha llevado la delantera con la estrategia de reequilibrio centrado en el consumo que introdujera hace cinco años. Hasta ahora, los resultados han sido mixtos, ya que la inadecuada financiación de la red de seguridad social sigue atemperando el apoyo a los ingresos de los hogares logrado mediante la creación de empleos en el sector servicios y los aumentos de los salarios reales creados por la mayor urbanización. Sin embargo, últimamente ha mostrado el compromiso con la superación de estas limitaciones. Su XIII Plan Quinquenal, presentado recientemente, apunta a una liberalización de las tasas de interés, la flexibilización del sistema hukou de permisos residenciales (lo que mejoraría la portabilidad de los beneficios) y la relajación de la política de planificación familiar de un solo hijo, todo lo cual ayudaría a relajar el ahorro preventivo de los ciudadanos por temor a las condiciones futuras.

Pero EEUU ha apuntado en la dirección opuesta. No hay interés en debatir el problema del ahorro, por no hablar de políticas que lo puedan afrontar. La hipotética agenda estadounidense de estímulo al ahorro debería abordar los temas de la consolidación fiscal de largo plazo, la ampliación de las cuentas de jubilación individuales y los planes 401K, una reforma tributaria al consumo (como impuestos a las ventas o al valor añadido) y la normalización de las tasas de interés. En lugar de ello, los políticos estadounidenses siguen centrándose en cómo dar continuidad al desenfreno consumista, sin pensar en sus implicaciones para la necesidad de mejorar los índices de ahorro del país.

La respuesta asimétrica de las dos mayores economías del mundo a sus respectivos dilemas de ahorro tiene consecuencias de largo alcance. En la medida que China avance en el camino del reequilibrio con más énfasis en el consumo, irá pasando del superávit a la absorción del ahorro. La tasa de ahorro bruta nacional de China ya ha descendido desde su máximo de 52% del PIB en 2008 a cerca de 44% este año, y debería bajar más aún en los años venideros.

EEUU, que por largo tiempo ha estado trabado en una relación económica codependiente con China, no se puede permitir pasar por alto este cambio. Después de todo, además de reducir sus superávits de comercio y cuenta corriente, el paso de China a una absorción del ahorro gracias al énfasis en el consumo probablemente implique una menor acumulación de reservas en moneda extranjera y menos conversión de estas reservas en activos denominados en dólares, como los bonos del Tesoro de EEUU.

Si EEUU no logra elevar su ahorro interno, bien podría ocurrir que la falta de capital chino lo obligue a pagar un mayor costo del financiamiento externo, expresado en un dólar más débil, mayores tasas de interés reales, o ambos. Esas son las trampas clásicas de la codependencia: cuando un socio altera la relación, el otro sufre las consecuencias.

Ningún país puede prosperar indefinidamente sin ahorrar. Puesto que su moneda es la divisa de reserva global, EEUU ha podido escapar al problema, principalmente porque el resto de los países lo ha consentido. Después de todo, quienes lo permitieron (especialmente economías orientadas a las exportaciones, como China y su cadena de suministro dependiente de los recursos) se han beneficiado del desenfreno consumista estadounidense, ya que ha impulsado una enorme expansión del comercio global.

Pero es un fenómeno que tiene los días contados. Cada vez más, los votantes estadounidenses (en especial, trabajadores de clase media enfadados y desfavorecidos) reconocen que hay algo que no cuadra. Y, no obstante, sus políticos siguen dirigiendo esa rabia hacia actores externos, sin ver el subsidio al crecimiento que ha venido de la mano de la “amabilidad de los desconocidos”. Ya es hora de que reconozcan esta incómoda verdad: el déficit de ahorro es la gran amenaza para el sueño americano.

*El autor es catedrático Universidad de Yale, ex presidente de Morgan Stanley Asia y autor de “Unbalanced: the codependency of America and China” (“Desequilibrados: la codependencia entre Estados Unidos y China”). Copyright: Project Syndicate, 2016.