2208305_500.jpg

Opinión

Infraestructura y productividad

PULSO 13/01/2016

Por Carlos Cruz L. Mejorar la competitividad del país pasa por recuperar el sitial que ocupábamos hace diez años en materia de infraestructura.

En la reunión de Enade en noviembre de 2015, la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, invitó al mundo empresarial a hacer de 2016 el año de la productividad. La agenda que al respecto está liderando el ministro de Economía se basa en incentivar la diversificación productiva, promover el emprendimiento, apoyar la transformación de la pyme y promover y resguardar la “libre competencia”. En efecto, cada uno de estos aspectos, en la medida que se avance en ellos, contribuirá a que el país aumente sus niveles de productividad y mejore su capacidad competitiva para enfrentar con mejores resultados los mercados externos.

Sin lugar a dudas son muchas las acciones que desde el Gobierno se podrán poner en marcha para ello y estoy seguro que el Consejo de la Productividad cuenta con destacados profesionales que encontrarán las fórmulas para conducir las decisiones empresariales en la dirección deseada, en una perspectiva lo más permanente posible.

Sin embargo, mi impresión es que estos cambios de conducta, necesarios y con resultados ciertos, requerirán un tiempo para mostrar su efectividad. No es posible transitar de una economía tan concentrada como la chilena a otra en la que sus actividades se multipliquen y se cuente, en un plazo corto, con una oferta más amplia que la actual; de igual forma, facilitar el surgimiento de emprendedores tiene que ver con cambios en nuestra formación y está visto que estos toman muchos años hasta que se expresan en resultados; lo mismo se puede decir de nuestras pymes.

Tal vez donde es posible obtener resultados más inmediatos es en las reglas de la competencia, aunque también la historia de “malas prácticas” y de colusiones está tan arraigada en la cultura nacional que habrá que hacer más de un acto catártico para que eso se modifique. Es bueno señalar que lo que se espera con este esfuerzo es que el empresariado se sienta llamado a cambiar, lo cual es necesario, pero no suficiente.

En consecuencia, me atrevo a proponer que esta agenda se complemente con acciones directas por parte del Estado que apunten a mejorar los niveles de productividad-país en el corto plazo. En este sentido, revisar el estado de nuestra infraestructura y comprobar que hoy, más que un incentivo para una mejor productividad se está volviendo una traba, puede dar origen a revalidar la necesidad de una política de infraestructura que tenga por propósito volver a colocar a Chile en los niveles de competitividad que esta alcanzó solo a mediados de la década pasada. En efecto, en 2006 ocupábamos el lugar número 23 en carreteras, hoy estamos en el lugar 31; en puertos ocupábamos el lugar 30, hoy solo el 35; en aeropuertos, el 27 y hoy el 45; en electricidad el 32 y hoy el 51.

Paradójicamente, solo hemos mejorado en ferrocarriles, pasando del lugar 73 en el mundo al 70. En resumen, si hace diez años Chile contaba con una infraestructura que, en promedio, lo situaba en el lugar número 29 en competitividad en el mundo, hoy hemos sido relegados en esta disciplina al lugar número 50. Por lo tanto, mejorar la competitividad del país puede pasar entonces por recuperar el sitial que ocupamos hace diez años en infraestructura.

Para ello se cuenta con recursos limitados, pero no tanto. De hecho, el Estado gasta hoy cerca del 2,4% del PIB en inversión en infraestructura. Asegurar que este nivel de gasto se mantendrá en el futuro y que se localizará en las actividades que más recursos públicos requieren, puede ser una señal muy importante para definiciones empresariales hoy pendientes. Junto con ello, Chile ha desarrollado una industria de la asociación público-privada en diferentes campos: desde las telecomunicaciones, pasando por la energía, las carreteras y autopistas, los puertos, los aeropuertos, el agua, entre otros, lo que nos da una experiencia que es mirada con asombro por el mundo y que en estas circunstancias la podemos usar para incrementar nuestros niveles de inversión en infraestructura.

Cada disciplina de la infraestructura puede requerir un tratamiento especial para alcanzar una asociación virtuosa entre el Estado y el sector privado, pero para ello es fundamental conversar al respecto, en el sentido más etimológico de la palabra.

El Gobierno tiene necesidades urgentes que tienen que ver con las necesidades que el país manifiesta en una situación de menor precio de las materias primas; el sector privado tiene interés, recurso y la competencia técnica para hacer lo que hay que hacer. Una conversación entre las partes debería permitir llegar a acuerdos básicos que conjuguen necesidades y disposición para entrar en un círculo virtuoso de la inversión en infraestructura que nos permita desde esta disciplina contribuir al esfuerzo más definitivo en que está empañado el ministro de Economía.

A esto debería contribuir una declaración explícita del Gobierno de mantener una orientación de las políticas públicas para el sector en el largo plazo. La creación del Fondo de Infraestructura, anunciado por la Presidenta de la República, puede ser una muy buena señal al respecto. 

*El autor es secretario ejecutivo del Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI).

Archivos relacionados