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Opinión

Incendio anaeróbico

PULSO 26/01/2016

Por Alberto López-Hermida. De los cuatro años de Gobierno, el segundo se ha perdido íntegramente en un apagado cosmético del incendio.

Hace precisamente una semana supimos lo que era un incendio anaeróbico, aquel que cubrió a buena parte de la capital de Chile con una nube tóxica. Un concepto caído del cielo que permite ilustrar gráficamente la situación que atraviesa La Moneda.

Según los bomberos, la particularidad de este tipo de igniciones es que no necesitan aire para desencadenarse y son particularmente difíciles de controlar debido a su origen subterráneo, pues, sin percibirse, el terreno se quema continuamente. Algunos aseguran, incluso, que son más difíciles de extinguir que los generados en pozos petroleros. Además, son extremadamente tóxicos y lo único que queda por hacer es desarmar el terreno, voltear el material, y solo así llegar al origen del fuego.

Pues bueno, ahora por fin se le puede poner nombre a la situación que se vive en La Moneda desde hace precisamente un año, cuando una nube tóxica cubrió al Palacio fruto de las llamas generadas de la amalgama familiar y política de la Nueva Mayoría.

Tardíamente, luego de que se negara su toxicidad, al más puro estilo del intendente Orrego, solo se optó por remover la superficie. La salida de Sebastián Dávalos, mientras su madre seguía de vacaciones y se enteraba de todo, según dijo, por la prensa, no fue más que decirles a los chilenos que el humo no era más que vapor de agua, una mentira de esas que no se sostienen por mucho tiempo.

La torpeza al abordar la catástrofe ha permitido que durante todo un año las llamas sigan consumiendo los pasillos y despachos del Palacio. Ya sea con el chisporroteo Rodrigo Peñailillo o la parafernálica llamarada Erika Silva, ex asesora del hijo de la Presidenta, nada se ha hecho por entrar a la profundidad del terreno y buscar el origen real del incendio. Natalia Compagnon, Mauricio Valero, Andrónico Luksic, Herman Chadwick, Patricio Cordero, Juan Díaz, Cynthia Ross o Jorge Silva son solo algunas de las llamas que no terminan por extinguirse de manera absoluta.

El blindaje reciente a Cristián Riquelme, administrador del Palacio, demuestra tanto las profundidades de las quemaduras como la falta absoluta de liderazgo en el control de un fuego que lleva un año carcomiendo el prestigio del Ejecutivo y que, junto a otros siniestros, creman sin piedad la imagen país.

De los cuatro años de Gobierno de la Nueva Mayoría, el segundo se ha perdido íntegramente en un apagado cosmético de un siniestro cuyas reales proporciones aún ni se imaginan y del que esta semana recién se conocerán las primeras acciones penales, las que posiblemente generarán nuevas detonaciones en la ardiente estructura.

Michelle Bachelet, cuyo trabajo bomberil está lejos de ser de voluntariado, señaló el fin de semana recién pasado al consejo nacional del PPD que “somos parte de un Gobierno que dejará huella”. No puede tener más razón la Presidenta. Esta nube tóxica está dejando marcas insospechadas en la salud del país y el olor a humo no se irá sencillamente ventilando el Palacio para futuros inquilinos.

*El autor es académico Universidad de los Andes – (@albertopedro).

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