FRANCISCA JÜNEMANN 2017

Opinión

Humor: de Parra a Piñera

PULSO 13/02/2018

Por Francisca Jünemann.

SIEMPRE HE sentido una profunda aversión por los tontos graves, esos que para pasar por inteligentes no tienen la capacidad de entender que hay espacios de reflexiones densas y traspaso de información relevantes y otros de risas y levedad, de manifestarse con ironía y sarcasmo, habilidades que considero niveles elevados de la inteligencia humana. En definitiva, a pesar de que admiro profundamente a las personas cultas y brillantes, no me gustan y nunca me han gustado los pedantes y presuntuosos que no son conscientes del fastidio que su permanente manifiesto de conocimientos y frases solemnes carentes de humor produce en los demás.

Nicanor Parra y Sebastián Piñera -dos inmortales de la historia chilena como los clasificaría Stefan Zweig si viviera- son exponentes de inteligencias sin gravedad de más. El primero, un genio, que escribió con inagotable humor y en forma coloquial, críticas y reflexiones profundas a nuestra sociedad y del tiempo que le tocó vivir. Un hombre que comprendía la lengua castellana como pocos, pero nunca tuvo inseguridad de que sus escritos fueran menospreciados por no expresarse con palabras difíciles.

Piñera es otro caso digno de mención. Sus piñericosas ya son parte de la cultura nacional y no tiene ningún complejo en ello. Al contrario, cuando Pilar Vergara en una entrevista le pregunta “¿tendremos piñericosas en este Gobierno?”, la destacada periodista aclara que, para alegría de los chilenos de buen humor, él contestó que sí. “Muy simple”, dijo el Presidente, “las piñericosas me han producido mucha gracia y mis nietos se encargan no solamente de recordármelas, sino de actuarlas y hacen verdaderas comedias con ellas. Yo disfruto mucho con eso y por lo tanto las piñericosas son parte de mi vida, mi personalidad; me acostumbré a vivir con ellas y van a continuar”. Quizás quienes crearon las piñericosas con el propósito de ridiculizar al ex y futuro Presidente subestimaron la alta valoración de los chilenos a reírnos de nosotros mismos y de los demás, y al igual como Parra bajó a los poetas del Olimpo, sin querer sacaron a Piñera del inaccesible Palacio de La Moneda, para introducirlo dentro de las casas y transformarlo así en un personaje más cercano y querible.

Quisiera contarles dos anécdotas. Cuando estudiaba Derecho en la Universidad Católica, tuve la oportunidad de ir a la Feria del Libro de Buenos Aires, siendo ese año Nicanor Parra el invitado de honor. De pura suerte, me tocó acompañarlo en todas sus actividades, almorzar y comer con él, e incluso llevarlo al aeropuerto para su vuelta a Santiago. Cuando estábamos en ese trayecto, agarró una hoja en blanco de un cuaderno que siempre llevaba con él y dibujó uno de sus clásicos corazones, escribiendo debajo “lo dijo todo sin mover los labios”, lo cual no pude sino interpretar como un elegante “para de hablar un rato, ¡por favor!”.

CON SEBASTIÁN Piñera tuve reuniones como miembro de la Comisión Mujer de su programa de gobierno. En una de ellas, mientras le exponía inspirada y patrióticamente la importancia de trabajar con transversalidad buscando el bien del país y no réditos políticos de un sector determinado (pequeñez que tiene cansado a nuestro país), el ex Presidente y entonces candidato abre un libro de historia y lo empieza a leer. En mi consternación le pregunté: “¿Es usted tan inteligente que puede leer mientras yo le hablo?”. Y él, en vez de exasperarse frente a semejante impertinencia, con mirada sagaz y burlona me responde: “Puedo eso y mucho más”, provocando las inmediatas carcajadas de alivio en el resto de los asistentes. Luego agregó: “Le voy a repetir, Francisca, palabra por palabra lo que usted me acaba de decir”. Y lo hizo…

En una columna anterior les comenté cómo no estamos comprendiendo el sentido de nuestro trabajo y en otra, que uno de los principales sentimientos de injusticia de los chilenos es que a algunas personas se las trate con más respeto y dignidad. Si además de la trascendencia del sentido del trabajo para inspirarnos e inspirar a quienes trabajan con nosotros y de la conciencia del buen trato a los otros, dejamos que el humor permee las diferentes capas de nuestras vidas, incluida la laboral, como lo logró magistralmente el poeta y como lo intenta persistentemente el Presidente electo, estoy convencida de que las personas serán mucho más eficientes y productivas, porque estarán desarrollando uno de los niveles más elevados de la inteligencia -y por lo tanto en un permanente esfuerzo intelectual- e instalando una dinámica de trabajo feliz. Es a su vez un gran instrumento para sobreponernos a los errores que inevitablemente cometemos, aprender rápido de ellos y continuar por el camino trazado, eludiendo la frustración que sólo paraliza.

Termino citando a don Nicanor, con quien además de esos tres días en la Feria del Libro de Buenos Aires, compartimos la aversión por el pedante, aburrido e inseguro tonto grave: “Durante medio siglo/ La poesía fue/ El paraíso del tonto solemne./ Hasta que vine yo/ Y me instalé en mi montaña rusa./ Suban, si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan”.

*La autora es abogada y presidenta Fundación ChileMujeres (www.chilemujeres.cl).