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Opinión

El valor social de la empresa

PULSO 27/05/2016

Por Javier Pinto. Adelantándose al debate que se aproxima en Chile, se hace relevante defender el valor social de la empresa.

No es extraño pensar que Chile vive un momento social complejo. Ello se muestra no solo en las recientes explosiones sociales que hemos presenciado los últimos días, sino también en el debate de las reformas. En relación con esto, la inminente modificación constitucional y la reformulación de la legislación laboral nos llevarán sin lugar a dudas hacia una discusión de la naturaleza de la empresa y del mundo privado. No me refiero solo a una eventual acomodación del principio de propiedad privada, sino particularmente a la noción de empresa que el Estado puede llegar a formular; cuestión importante cuando una mala comprensión de la empresa afecta las políticas públicas que pueden o no incentivarla, y eventualmente alterar negativamente el mundo del trabajo y del bienestar social.

En principio, para lograr una mejor comprensión de la empresa, me parece imprescindible distinguir entre empresa y empresarios. En términos generales, la opinión pública tiende a argumentar que, habiendo empresarios que se enriquecen de manera ilícita, todos ellos son del mismo tipo y la empresa, por tanto, es una institución que se conforma para conseguir fines económicos con malas artes. Así, la creciente cobertura de los escándalos directivos y financieros termina por desacreditar la institución.

Del mismo modo, se homologa empresa con lucro. Esto en principio no debería tener una connotación pública negativa, pero la tiene cuando durante los últimos años algunos sectores de la izquierda han hecho del lucro un gran pecado social, intentando limitarlo en todas sus expresiones.

Ambas confusiones significan, sin embargo, un riesgo social mayor. Esto es así porque la empresa, como institución económica, es probablemente la mayor fuente de desarrollo social después de la familia. Es cierto que las instituciones académicas juegan un rol fundamental, pero no logran compararse con el alcance e impacto que tienen las empresas. Esto así precisamente porque estas son una comunidad de trabajo y en muchos casos ofrecen importantes espacios de desarrollo profesional (no olvidemos la cultura de capacitación que hemos construido en Chile). Además, satisfacen necesidades cotidianas y muchas de ellas aportan de modo importante al desarrollo cultural. Una editorial, por ejemplo, es una empresa. De estos ejemplos podemos pensar en muchos más.

En fin, adelantándose al debate que se aproxima, se hace relevante defender el valor social de la empresa, de las políticas públicas que promueven el crecimiento de la actividad empresarial, y revitalizar una visión de esta institución económica como un ámbito, no de enriquecimiento individual a toda costa, sino de iniciativa privada que aporta al bien común.

*El autor es profesor de ética empresarial Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales Universidad de los Andes.