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Opinión

El complejo 2016 que le espera a Dilma

PULSO 06/01/2016

Por Alberto Rojas. Los brasileños, más que cuestionar a la Presidenta por maquillar las cuentas públicas -causa del juicio político-, lo que están haciendo es "pasarle factura" por escándalo de corrupción en Petrobras.

Es probable que 2015, el primer año del segundo mandato de la Presidenta Dilma Rousseff -tras ganar su reelección en octubre de 2014 con casi 52% de los votos-, quede en la memoria de la mandataria como uno de los peores que ha vivido. El problema es que 2016 podría ser aún más difícil.

Es cierto que hace poco Dilma tuvo un respiro, luego que el Supremo Tribunal Federal (STF) declarara inconstitucional la comisión que debía analizar las razones jurídicas para dar curso a un juicio político (o impeachment) en su contra, al cuestionar el mecanismo a través del cual fueron elegidos sus integrantes.

El caso volvió al principio y se convirtió en un duro golpe para el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, que a pesar de pertenecer al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) -aliado del gobernante Partido de los Trabajadores (PT)- mantiene una fuerte pugna con Rousseff.

Cunha fue quien, a comienzos de diciembre, aceptó el pedido de impeachment, al tiempo que él mismo era acusado por la Procuraduría General de la República de recibir cerca de US$5 millones en el marco de la red de corrupción que operaba en la estatal Petrobras. La mandataria, por su parte, había sido acusada de “maquillar” las cuentas públicas para encubrir el enorme déficit fiscal.

Sin embargo, el 2 de febrero -al término del receso de la Cámara de Diputados- está previsto que se reactive el impeachment. Esto abre un largo proceso en el que la Presidenta tendrá diez sesiones para defenderse, pero también podría quedar suspendida de sus funciones hasta por 180 días mientras se desarrolla la investigación. A esto se suma que la mandataria debe seguir lidiando con una crisis interna que involucra a su propio vicepresidente, Michel Temmer, quien tras criticarla -la acusó de tratarlo como un funcionario “decorativo”- ha buscado desmarcar al PMDB del Gobierno.

Asimismo, a pesar del fallo del STF, lo más probable es que eso no tranquilice a la ciudadanía y las manifestaciones callejeras reaparezcan a corto plazo, exigiendo que Dilma abandone su cargo. Y es que los brasileños -que en los últimos meses han salido a protestar en diferentes ciudades-, más que “cobrarle” a la Presidenta la manipulación de las cuentas públicas, lo que están haciendo es “pasarle la factura” por el escándalo de corrupción en Petrobras que no solo salpicó al PT, sino también a una figura tan emblemática como Luiz Inacio Lula da Silva.

Además, está el frente económico, que sigue sin dar señales de recuperación. Hace algunos días, agencias como Standard & Poor’s y Fitch rebajaron su calificación para Brasil -la séptima economía mundial-, que en el tercer trimestre de 2015 registró un 8,9% de desocupación (33% más respecto al mismo período de 2014), una inflación anual de 10,48% (entre noviembre de 2014 y noviembre de 2015) y una proyección de caída del PIB equivalente al 3,1%. Frente a eso, el Congreso aprobó un presupuesto para 2016 con un superávit de apenas 0,5% del PIB (el Gobierno había propuesto un 0,7%).

Por último, hay que recordar que en agosto se realizarán en Río de Janeiro los Juegos Olímpicos. Una vitrina a escala global que sin duda el Gobierno tratará de aprovechar, pero que también representará -antes y durante el evento- un escenario propicio para manifestaciones en su contra. Tal como lo demostraron las protestas de 2014 previas al inicio del Mundial de Fútbol. Sin duda, la suma de estos aspectos ya ofrece un difícil panorama para Rousseff en 2016. La gran interrogante es cómo lo enfrentará.

*El autor es director del Observatorio de Asuntos Internacionales, Facultad de Comunicaciones y Humanidades, Universidad Finis Terrae.

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