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Opinión

Balance rojo

PULSO 05/01/2016

Por Álvaro Pezoa Bissières. Todo parece indicar que el país enfrentará por lo menos dos años más de destrucción sistemática de sus avances y cimientos.

Balance rojo es el que ha tenido el país durante 2015, particularmente si se evalúa desde la política, la economía y la vida pública en general.

El año se inició con el escándalo Caval y concluyó con el lastimoso espectáculo de un ministro del Interior ignorado por la Presidenta de la República y, ya antes, desestimado por quien la asesora desde el famoso “segundo piso” del Palacio de la Moneda. Entremedio, los denominados casos Penta y Soquimich; la torpe conducción política de la marcha de los camioneros; un nuevo traspié en la Corte Internacional de la Haya; reformas a la Reforma Tributaria (antes todavía de ser aplicada); la economía ajustando sus expectativas siempre a la baja; la autoridad política permanentemente desconociendo la evidente actividad terrorista en la Araucanía; la delincuencia campeando por sus fueros; la autodenuncia de CMPC por colusión en el mercado del papel tisú; Bachelet destemplada por un fallo del Tribunal Constitucional que consideró personalmente adverso; y un etcétera, por desgracia, demasiado largo y profundo. Hasta el fútbol profesional aportó lo suyo, con la situación de corrupción que involucra directamente al ahora ex presidente de la asociación nacional de este deporte.

Con todo, la tan mentada reforma educacional parece llevarse el premio a la “payasada del año” y promete continuar siéndolo. Lamentablemente, esta bufonada no da para risas, puesto que sus previsibles consecuencias funestas golpearán por largo tiempo al país precisamente donde más necesita acertar. De la educación de calidad, supuesta finalidad de la misma, ya no se oye palabra. Tal vez, porque nunca fue ese su objetivo.

Recuento rojísimo para decir la verdad. Un grupo significativo de la alta dirigencia nacional ha demostrado estar lejos del nivel que exigen sus responsabilidades. Eso es de por sí grave y descalifica los liderazgos existentes. La cuenta al debe es grande, hecho que se ha tornado extremadamente patente en la calificación que la población otorga en las encuestas a los principales actores de la realidad nacional. ¡Desaprobación y desconfianza!, es la síntesis. Probablemente por ello hay quienes piensan que lo acaecido durante el año pasado ha sido tan malo que no puede ser repetido, menos aún empeorado. Sin embargo, más allá de los buenos deseos no se atisban argumentos racionales para considerar que lo peor ya pasó. Más bien, pareciera ser todo lo contrario. ¿Por qué? Simple en lo esencial: permanecen los mismos liderazgos y el mismo Gobierno. Este último con sus enormes deficiencias de gestión, sus clamorosas divisiones internas y, aún más pernicioso, con similar voluntarismo ideológico imperando desde su cabeza.

El balance ha sido rojo no solo por la desprolijidad en el obrar, sino porque la inspiración del Gobierno, su alma, es profundamente “roja”. Socialista dogmática, de claro cuño marxista. Ni siquiera muy renovada, más bien “retro” y regresiva. Esto es, estatista, controlista, asistencialista, desconfiada de la iniciativa personal, atentatoria contra la familia y la vida del que está por nacer, con pretensión refundacional. La “retroexcavadora” del senador Quintana (2014) ha resultado ser la más sincera auto-explicitación del espíritu que rige en la Nueva Mayoría y que se ha plasmado en los hechos durante 2015. Y que, a no mediar auténtico milagro, continuará encarnándose en 2016. La anunciada reforma constitucional es un claro presagio de ello.

Para fundamentar el poco auspicioso escenario que espera a Chile, debe ser considerado que, hasta ahora por lo menos, no ha habido una fuerza que morigere el ímpetu transformista proveniente de la ensoñación ideológica de la Presidenta, su círculo cercano y el PC. Salvo, por supuesto, los abundantes yerros no forzados del propio Gobierno. La oposición política prácticamente no ha existido: se debate en la nada misma. Y al interior de la coalición oficialista la DC no ha sido capaz de constituir el contrapeso que algunos esperaban a las agrupaciones de izquierda más ultras. Es más, ha mostrado una capacidad para aceptar el “ninguneo” y el pisoteo de sus principios (declarados), al punto que ni sus más recalcitrantes seguidores son ya capaces de defenderla con auténtica convicción. No queda entonces sino esperar un mal nuevo año para la patria. A menos que acontezca algo inesperado, todo parece indicar que el país enfrentará por lo menos dos años más de destrucción sistemática de los cimientos sociales y de los avances socioeconómicos que con tanto esfuerzo se han conseguido durante las últimas décadas. Para mitigar en algo el desastre por venir, queda la esperanza, escasamente fundada, en los cambios de escenario político que podría suponer una eventual votación altamente adversa para los partidos de la Nueva Mayoría en las próximas elecciones municipales, siempre y cuando aquello fuera capitalizado por fuerzas opositoras serias y sensatas; o una reacción -difícil de suponer- en la línea de conducta de la DC al interior, o fuera, de la coalición de Gobierno. Por lo mismo, a estas alturas se presenta como una esperanza más creíble, aunque hoy aparentemente lejana, la de un despertar de la ciudadanía, expresada en la multiforme trama de la sociedad civil, que a través de los órganos sociales intermedios manifieste abiertamente su desacuerdo con el devenir actual y exija enmendar el rumbo. Esta alternativa pasa, en buena medida, por la entrada en escena de nuevos actores y nuevos liderazgos. Está por verse. 

*El autor es profesor titular cátedra de Ética y Responsabilidad Empresarial ESE Business School de la Universidad de los Andes – (apezoa.ese@uandes.cl).

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