Opinión

El año de la mujer

PULSO 20/03/2017

Por Francisca Jünemann. A menos recursos, menor la posibilidad de acceder a un trabajo remunerado, a pesar de la mayor necesidad; apremia por esto contar con políticas de corresponsabilidad familiar y adaptabilidad.

Son muchas las sorpresas de la Casen 2015 por fin publicada. Asombra, por ejemplo, que las mujeres en Chile tengan 23 puntos menos de participación laboral femenina que masculina a pesar de tener una asistencia a la educación superior 16% mayor. O que en los últimos 15 años la participación laboral de la mujer haya ascendido sólo cinco puntos. Qué decir que apenas 34% de las mujeres tenga un ingreso autónomo. Peor aún el escenario si se disgrega por deciles de ingresos: mientras en el de mayores recursos 68% de las mujeres trabaja remuneradamente, tan sólo el 26% de las mujeres de menores ingresos lo puede hacer.

El que las jefaturas de hogar femeninas asciendan a 2.151.980 -equivalente a casi 40% del total- y a 52,8% en los hogares más vulnerables no deja de impresionar si se considera que 13% de los hogares con jefatura femenina está en situación de pobreza.

Sobre los desocupados, sabemos que la principal causa por la cual la mujer no trabaja es por el cuidado de la familia y el hogar, pero que tan sólo 11% de los hombres destine su tiempo a ello llama la atención en pleno siglo XXI. Vámonos a la vejez, a la cual todos llegaremos si no morimos antes: tan sólo 30% de las mujeres tiene una pensión de vejez o jubilación frente al 63% de los hombres.

A partir de estas abrumadoras cifras no es difícil darse cuenta de que la pobreza en Chile se encarna en la mujer, sumida en un círculo vicioso de pobreza y cesantía. A menos recursos, menor la posibilidad de acceder a un trabajo remunerado, a pesar de la mayor necesidad. Apremia por esto implementar políticas de corresponsabilidad familiar y adaptabilidad laboral y construir un país más justo y más sano, donde sea posible cuidar a la familia y trabajar remuneradamente a la vez. Para ello, Fundación ChileMujeres propuso en la Reforma Laboral los pactos de adaptabilidad para trabajadores con responsabilidades familiares, que entran en vigencia el 1 de abril. Pero las necesidades son muchas más. Sería conveniente, por ejemplo, extender los pactos a los contratos individuales, porque las necesidades familiares son personales y por lo mismo difíciles de homologar. Pretender que se acuerden sólo por medio de la negociación colectiva limita mucho: según la Casen 2015, tan sólo 0,8% de las mujeres pertenece a alguna agrupación corporativa como sindicatos, gremios o colegios profesionales.

Es urgente, a su vez, reformar el artículo 203 del Código del Trabajo, que impone el deber de tener o pagar salas cuna para los hijos menores de dos años a las empresas con 20 o más mujeres, encareciendo y desincentivando la contratación femenina; norma que ha llevado a que tan sólo 8% de las empresas tenga a 20 o más mujeres contratadas.

El sistema de salas cuna y jardines infantiles convendría integrarlo con dos programas: uno de cuidado infantil en comunidad, donde una agencia del Estado capacite a personas del barrio en estimulación y medidas de seguridad; y otro de cuidado en vacaciones escolares, donde los establecimientos educacionales de los sectores más vulnerables sean facilitados gratuitamente para cuidar a menores de 18 años.

Las mujeres somos 52,7% de la población y también más de la mitad del padrón electoral. Pasado el Día de la Mujer, esperamos que estas abismantes brechas sean un estímulo para que los candidatos presidenciales se tomen en serio a 2017 como el año de la mujer y propongan programas de gobierno factibles y efectivos.

*La autora es abogada, co-fundadora Fundación ChileMujeres y Grupo3 (www.chilemujeres.cl // www.grupo3.org).