Internacional

¿Cuál es el mensaje del Mensaje?

PULSO 23/05/2016

Por Gónzalo Cordero

Creo que esta es la pregunta importante de responder, después del discurso breve, a ratos contumaz, pero en el que también -hay que reconocerlo- por momentos parece brillar alguna luz de esperanza por entre las líneas de sus párrafos cortos y llenos de deslavada estadística.

 El discurso transmite esas dos almas que se asoman a cada momento en este Gobierno, la contradicción entre el diagnóstico sombrío del Chile de los últimos 30 años que necesitaría ser refundado; con la que reivindica la transición, esa que hace pocos días le rendía homenaje al ex Presidente Aylwin y que se expresa a través de declaraciones de principios para dar tranquilidad, asegurando que nada de fondo cambiará.

Todo acompañado de los inevitables silencios, imprescindibles para dejar en suspenso el resultado de esta tensión dialéctica, que está en el ADN del Gobierno actual.

No se logra disimular que para la Presidenta son verdaderamente suyas las palabras que se refieren al país que necesita cambios urgentes, que denuncia la educación de calidad “sólo para los que pueden pagarla”, el país “con mucha discriminación”, de los “abusos”, de la “desigualdad; pero le es ajeno el discurso de la continuidad, que reconoce el valor de lo logrado y de la estabilidad.

Una parte la siente y la  vive, la otra la lee y la sufre. La suya habla de justicia, la otra de crecimiento; es su utopía combatiendo con la realidad. El problema es que no estamos frente a la tensión de Quijote y Sancho, que representan la complementación de lo diferente que construye el mundo, sino frente al choque de las fuerzas opuestas que se anulan, se paralizan y la mayoría de las veces se destruyen.

La puerta de escape -es imposible no verlo- está en el proceso constituyente, el último avatar del programa de la Nueva Mayoría con su primer gabinete que iba a cambiar Chile, el que despertaba entusiasmos de retroexcavadora. A eso la Presidenta y el alma de la Nueva Mayoría no están dispuestos a renunciar, porque sin eso nada tendría razón de ser, significaría que haber vuelto de Nueva York habría sido un error sin sentido, el tema de una novela de Houellebecq.  

Por eso esta es la única parte del discurso en que sus parlamentarios -los realmente suyos- aplauden con el corazón. ¡Asamblea Constituyente queremos! Y, no se engañen, Asamblea Constituyente tendremos. Ese es el mensaje del mensaje y eso es lo que explica también los silencios, esos enormes silencios, imposibles de dejar de oír.

¿Qué pasará con la reforma laboral? Ni una palabra. ¿Cuál será el contenido de la reforma educacional, más allá de las metas de gratuidad? Ni una palabra. ¿Agenda pro crecimiento? Ni una palabra.

Terminamos la obra gruesa, ahora sólo vamos a concluir esas reformas, ese es el concepto tranquilizador. Es decir, que inversionistas y empresarios pueden esperar tranquilos los próximos dos años, no habrá más cambios. Es lo que hay.

Salvo por un detallito: la nueva Constitución. Siguen los cabildos, siguen los facilitadores, sigue el itinerario que nos llevará a una reforma constitucional para que se rebajen los quórums de modificación de la Carta Fundamental y para que se valide la Asamblea Constituyente, como mecanismo válido e institucional, para definir nuestro régimen constitucional. Sólo eso; perdone lo poco, como reza el dicho popular.

Este mensaje breve, elusivo y aparentemente ecléctico, nos dice que la administración de las diferencias es solo táctica, la estrategia sigue siendo la misma. Es cosa de escuchar los silencios. P 

Abogado y columnista